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LA CONSTRUCCIÓN DE DOMINGO

11 de septiembre de 2026

Cuando Faustino Valentín Quiroga Sarmiento nació en 1811, no existía en estas tierras un sistema educativo nacional organizado como el que hoy conocemos. Había escuelas y maestros, pero la instrucción alcanzaba sólo a una parte de la población y dependía del lugar de nacimiento o de la condición económica. La Argentina todavía no existía como Nación constituida. La Revolución de Mayo acababa de producirse y las décadas siguientes estarían marcadas por guerras y enfrentamientos políticos.

En ese contexto, sus primeros maestros despertaron su interés por el conocimiento, y más adelante su tío, el presbítero José de Oro, sería decisivo en su formación. Sarmiento asistió desde niño a una de las llamadas Escuelas de la Patria de San Juan, y al terminar aquella primera educación formal, continuó parte de su formación como autodidacta.

Durante su adolescencia acompañó a José de Oro a San Francisco del Monte de Oro, en San Luis, donde participó tempranamente de la experiencia de una escuela de primeras letras.

Antes de impulsar la educación pública primero se tuvo que formar y trabajar en sí mismo con la ayuda de sus maestros. Ningún hombre se construye enteramente solo. Necesita de quienes le transmitan herramientas, valores y conocimientos. Pero esas herramientas tampoco producen nada si quien las recibe no decide utilizarlas. La educación puede abrir una puerta, y atravesarla depende también del esfuerzo individual. Sarmiento hizo del conocimiento una herramienta de transformación.

Una de sus primeras preocupaciones pedagógicas fue enseñar a leer. Estudió los métodos existentes, comparó sus virtudes y defectos y elaboró en 1845 su Método de lectura gradual. No solamente propuso una técnica, sino que observó, comparó, razonó e intentó mejorar el método. Enseñar a leer podía parecer una tarea humilde frente a las discusiones políticas de la época, pero había una idea clara detrás: quien aprende a leer adquiere la posibilidad de acceder por sí mismo a conocimientos que anteriormente dependían de un otro. Aquellos que saben leer y entender, son capaces de sumergirse en los contenidos de leyes, periódicos, libros y textos en general; pueden debatir e instruirse. Esto es, alfabetizar es entregar una herramienta de libertad.

Pero Sarmiento comprendió que enseñar a leer a unos pocos no era suficiente. Había que construir instituciones capaces de educar a muchos. En su obra De la educación popular, comenzó a pensar la educación como un sistema. Hacían falta escuelas, formación docente, financiamiento, bibliotecas y una organización pública capaz de sostener todo esto en el tiempo. Una República no podía limitarse a declarar ciudadanos a sus habitantes. Debía contribuir también a proporcionarles las herramientas necesarias para ejercer esa ciudadanía.

Esta preocupación aparece nuevamente en Educación común, de 1855. Allí Sarmiento vincula la instrucción con la vida política, el trabajo, el desarrollo material y la convivencia social. La escuela debía ser un lugar donde personas provenientes de distintas familias y condiciones sociales adquirieran una base compartida de conocimientos.

Es decir que ser ciudadano no consiste solamente en habitar un territorio, sino que requiere capacidad de comprender, juzgar y elegir. En ese sentido la obra educativa de Sarmiento puede ser contemplada como una búsqueda de luz frente a la oscuridad de la ignorancia. No se trata de considerar ignorante o inferior al hombre que no tuvo oportunidad de instruirse, sino que si las circunstancias privaron a una persona de herramientas para desarrollar sus capacidades, el Estado tiene la responsabilidad de ayudar a proporcionárselas.

Sarmiento miró hacia otras naciones buscando respuestas. Viajó, observó escuelas y estudió sistemas educativos, especialmente el modelo de Estados Unidos. No consideraba que todo debiera ser inventado nuevamente. Si otros pueblos habían encontrado soluciones útiles, había que estudiarlas y adaptarlas.En Las escuelas: bases de la prosperidad y de la República en los Estados Unidos, esta idea es clara. Una sociedad educada posee mejores instrumentos para producir y progresar materialmente, pero también mejores condiciones para conservar instituciones libres.

Hacia el final de su vida, Sarmiento se volcó sobre otra dimensión de esa libertad. En su obra «La escuela sin la religión de mi mujer», intervino en la discusión acerca de la enseñanza religiosa. Su posición puede resumirse en una pregunta: si la escuela pertenece a todos, ¿puede imponer a todos la creencia particular de algunos?

La educación pública debía formar ciudadanos sin modificar sus conciencias. Fue un hombre que asumió posiciones, tomó decisiones y aceptó las consecuencias de intervenir en la realidad de la Argentina de su tiempo. Difícilmente pueda acusárselo de indiferente. Allí donde percibía ignorancia procuró llevar instrucción; donde observaba ausencia de instituciones intentó construirlas.

Comprendió que ninguna República se sostiene solamente mediante leyes y autoridades. Antes que las instituciones, están los hombres que deben habitarlas. Si se pretende una sociedad de hombres libres, es necesario proporcionarles los recursos que les permitan ejercer esa libertad.

Por eso su preocupación permanente fue la educación. Enseñar a leer fue el comienzo de su legado, su horizonte estuvo marcado por la edificación de su Templo, esto es, una sociedad a través de la construcción de quienes la componen. Fue un faro que llevó luz a través de generaciones de argentinos, orientó a educadores y sembró ideas clave en lo profundo de las instituciones educativas y en el corazón de quienes se dedican a 

enseñar.

Si hoy le preguntaran a Sarmiento ¿es usted Maestro? estoy seguro que respondería por tal me reconocen mis alumnos.

Es cuanto.

H:. DAVID

Bibliografía

– Bustos Berrondo, Raúl. Sarmiento: romance de un genio de América

– Sarmiento, Domingo Faustino. De la educación popular. Santiago de Chile: Imprenta de Julio Belin y Cía., 1849.

– Sarmiento, Domingo Faustino. Educación común en el Estado de Buenos Aires. Santiago de Chile: Imprenta de Julio Belin y Cía., 1855.

– Sarmiento, Domingo Faustino. La escuela sin la religión de mi mujer. Escritos publicados originalmente en 1883; edición posterior: Buenos Aires, Talleres Gráficos L. J. Rosso y Cía., 1918.

– Sarmiento, Domingo Faustino. Las escuelas: base de la prosperidad y de la República en los Estados Unidos. Nueva York, 1866.

– Sarmiento, Domingo Faustino. Método de lectura gradual. Santiago de Chile, 1845.

– Sarmiento, Domingo Faustino. Recuerdos de provincia. Santiago de Chile: Imprenta de Julio Belin y Cía., 1850.

– Sarmiento, Domingo Faustino. Viajes por Europa, África y América, 1845-1847. Santiago de Chile 1849

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