Logia Nikola Tesla

EL ATAJO RECHAZADO

3 de agosto de 2026

POR EL HNO. L.F.

La batalla decisiva no ocurre en el Templo del Rey Salomón, en Jerusalén, ni en una celda de Atenas, en la Grecia antigua. Ocurre antes, y fue en ambos casos una contienda interna. Cuando a Hiram le exigen la Palabra, y cuando a Sócrates le sugieren fugarse, los dos ya han tomado una decisión. La escena externa que revelan los textos no crea la resolución: la revela. Lo que vemos es el veredicto de un examen que cada uno hizo a solas, consigo mismo, forjado en el silencio del pensamiento. Bajo presión, el carácter no se inventa, sino que manifiesta lo que uno preparó.

Por eso el rechazo al atajo no es un reflejo heroico. Es una conclusión. A Hiram no lo sostiene el coraje del instante, sino una fidelidad ya resuelta hacia adentro, tantas veces pensada que, llegado el momento, no queda nada que negociar. No discute con sus asesinos; no hay forcejeo de argumentos, solo negativa y silencio. La escuadra que golpea su cuello, la regla sobre su hombro y el martillo que lo remata en la frente no le arrancan nada: solo confirman lo que él ya había decidido en silencio, ser el custodio de la palabra que con él se va.

Las mismas herramientas que se usaron para levantar el templo con trabajo honesto se convierten en instrumentos del crimen entre los que buscan el atajo.

A Sócrates le abren una puerta. Sus amigos disponen el dinero, sobornan a los guardias, preparan la fuga; basta con que salga. Y no sale. Prefiere la cicuta a una vida comprada con una injusticia. «No la vida, sino la vida buena es lo que hay que estimar» —dice—; y la vida buena es la vida justa. Huir le conservaría la vida y le quitaría aquello que la hacía suya.

Y aquí está lo que ambos vienen a mostrarnos. Los tres que matan a Hiram —la ignorancia, el fanatismo, la ambición— no son extraños que asaltan desde afuera. La propia leyenda pide darles muerte dentro de uno para poder resurgir. Son enemigos internos, y su fuerza está en que llevan nuestro propio rostro: la ignorancia se siente convicción; el fanatismo, certeza; la ambición, prudencia. Disfrazados de virtud, no se dejan ver. Solo el pensamiento que se vuelve sobre sí mismo los desenmascara.

Ese es el método que Hiram y Sócrates nos enseñan: volver hacia adentro las mismas herramientas de la obra. Se labra la piedra bruta con el cincel; el hombre se labra a sí mismo con la pregunta. Y así como el constructor deja caer la plomada para saber si un muro sube recto o se inclina, el que se examina deja caer su juicio para saber si una conducta se sostiene por justa o se tuerce hacia lo que le conviene. El nivel mide si tratamos al otro y a nosotros con la misma vara; la escuadra, si obramos con rectitud o solo con una conveniencia disfrazada de rectitud. Examinarse es pasarse esos instrumentos por dentro, sin indulgencia, porque la piedra no se pule sola y el defecto que no se busca queda oculto dentro de nosotros.

Contra cada uno de los tres enemigos hay una herramienta precisa.

La ignorancia no es no saber: es no preguntar. Se combate con la duda, que es la forma humilde de la inteligencia. «Solo sé que nada sé», enseñaba Sócrates, y en esa confesión empezaba su sabiduría. La ignorancia es una oscuridad que vuelve cada noche; por eso la luz no se posee, se vuelve a encender cada mañana. Dudar es reencender la lámpara. El que cree haber sabido de una vez y para siempre ya dejó que la sombra le gane.

El fanatismo es la certeza que dejó de examinarse. Se combate admitiendo que puedo equivocarme y escuchando de veras al que piensa distinto. El fanático confunde el volumen de su convicción con su verdad: grita para no oír la pregunta. Su alma es una fortaleza cerrada, y no advierte que los mismos muros que lo defienden del ataque lo encierran con su error. La cura es dejar la puerta entreabierta, mantener viva la posibilidad de estar equivocado, que es lo único que nos permite corregir.

La ambición dobla el juicio hacia el propio interés. Se combate separando lo que me conviene de lo que es justo, y preguntándole a cada impulso de ceder qué interés esconde. El soborno nunca llega con su nombre: se viste de prudencia, de sentido común, de «esto es lo razonable». La ambición pone el pulgar sobre la balanza y jura que el peso es exacto. Examinarse es levantar ese pulgar y mirar cuánto pesa en verdad la razón.

Las tres son, al final, una sola tarea: no dejar ningún pensamiento sin examinar. Y no es una batalla que se gane una sola vez. El atajo vuelve, y vuelve disfrazado: cada día ofrece otra vez el salario sin la obra, la respuesta sin la pregunta, la vida sin la vida buena. Lo que Hiram y Sócrates nos dejan no es una victoria, sino una vigilancia; no una piedra ya pulida, sino el cincel todavía en la mano. La Palabra sigue perdida; el Templo interior, inconcluso. Y el trabajo del Maestro no consiste en poseer al fin la respuesta de todo, ni en tomar por saber lo poco que alcanza a ver, mucho menos en despreciar con prepotencia al otro porque no sabe, sino en no dejar nunca de examinarse. Es así como se rechaza el atajo.

Es cuanto…

Bibliografía : 

Camejo Arias, H. (2011). La muerte de Hiram [Manuscrito no publicado].

Platón. (s. f.). Apología de Sócrates. (Obra original ca. 399–388 a. C.)

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