Logia Nikola Tesla

MAZO Y CINCEL

20 de junio de 2026

POR LA HERMANA CECILIA DARACT

Comenzar a reflexionar sobre el uso de las herramientas en al trabajo de la Masonería, me ha llevado a transitar un proceso previo, el de unir el trabajo intelectual con la comprensión de mí misma y con la voluntad de transformación de la conducta.

Siempre he tenido gusto por la lectura por habitar en mundos idealizados. Disfrutar de pensar ha sido una actividad muy placentera pero siempre con la angustia de fondo de no encontrar el vínculo entre lo construido por el pensamiento y la realidad cotidiana. Muchas veces sólo servía para no poder apreciar el valor de lo real porque estaba tan distante de esos mundos soñados y posibles que prefería habitar en ese mundo idealizado y no en la realidad. Leer y pensar se transformó en un mecanismo de evasión.

En la búsqueda de transformación de mí misma, pasé por varias prácticas, religión, yoga, budismo. En cada una encontré un ideal descripto e impuesto desde afuera que terminó por resultar opresivo, alienante, desvitalizante. Siempre la autoridad estaba afuera y había que cercenarse a sí misma para colocarse un disfraz extraño.

Como parte de estas búsquedas encontré esta posibilidad y vine con muchas dudas, pero queriendo descubrir por fin una manera de unir comprensión y revitalización, sin alienación, sin dogmas previos, sin miedos, sin culpas, libertad para pensar y compañía en una búsqueda que no termina nunca.

La imagen de la escultura que surge de la piedra bruta para esculpirse a sí misma me impactó. Luego leer esta explicación del libro Las Herramientas del Masón, de Iván Herrera me mostró un camino, un método, que había deseado siempre pero no concebido.

Dice: “En este trabajo colectivo y alegórico es al Aprendiz al que le corresponde la tarea más básica del equipo, que es la de despojar de los pedazos más hoscos, el material con el que luego va a seguir levantando la edificación de su propia vida, en una tarea en la que el método Masónico ha querido que él mismo sea el desbastador y lo desbastado, el refinador y lo refinado, el perfeccionador y lo perfeccionado, el obrero y el material. Es decir, el hombre y su ilusión.”

Es después de todo esto que comienzan a tener sentido las herramientas del Método masónico porque me brindan un instrumento para pensar a partir de mí misma, sin idealizar y sin evadir la necesidad de llevar lo pensado a conductas concretas.

El Mazo y el Cincel son dos herramientas simbólicas complementarias que nos permiten iniciar el trabajo de autoconocimiento y autotransformación. En realidad, son necesarios tres elementos, yo, la piedra bruta, y las dos herramientas que deben trabajar para esculpir la imagen oculta. El Mazo, la voluntad de actuar, es el instrumento que inicia el movimiento que nos despierta de la inercia, representa la voluntad de asumir la responsabilidad en la obra del propio perfeccionamiento, la decisión del yo consciente que quiere transformarse y no dejarse arrastrar por la inercia de sus pasiones. Pero surge de una autodeterminación, de una acción libre hacia un destino autodecretado y en consonancia con las propias posibilidades en el marco de una realidad temporal y social.

Si bien concebir lo que significa el mazo parece claro, lo que no aparece con tanta claridad es sobre qué aspecto de la piedra bruta debe actuar, por lo tanto, es necesario, como paso previo, mirarnos en nuestra realidad concreta, sin adornos, y esto requiere de humildad, palabra que deriva de humus, de estar al ras de la tierra, en contacto con lo carnalmente real y llevar la mirada a quién realmente somos. Aquí necesitamos de la otra herramienta, del cincel que da forma a la acción, que es capaz de conocer la estructura interna de aquello que debemos trabajar, representa la razón iluminada que sabe dónde golpear y dónde detenerse. Leí que: “El cincel abre esa luz encerrada que es la instrucción, para que revele la forma oculta en la piedra bruta del carácter humano.” Me llamó mucho la atención el concepto de “Luz encerrada” y “forma oculta”. Estos conceptos parecen aludir a un a priori, a algo que nos precede y aguarda a ser develado. Esto me recuerda a una frase de San Agustín en sus Confesiones cuando reflexiona y dice: Porque ¿qué es conocerte Dios mío sino conocerme a mí mismo? Conocer a Dios es descubrir algo que ya está en nuestro interior y coincide con saber quiénes somos verdaderamente. Ese ser verdadero ocultado por nuestra inmersión en una cultura determinada, yace invariable generando cierta incomodidad con la personalidad que hemos forjado, ciertos interrogantes, cierta angustia y cierto recuerdo de una armonía perdida. En otra parte del texto de San Agustín, en el capítulo VI titulado Un mendigo Gozoso, observa a un mendigo sonriendo y chanceando, mientras iba camino a pronunciar un panegírico del Emperador que tanto él como los oyentes sabían que eran mentiras, pero que sin embargo esperaba que le graneara favores. Luego dice que, bajo el aguijón de sus ambiciones, arrastraba la carga de su infortunio y por eso miraba con nostalgia al mendigo, libre de esas preocupaciones, pero sabía que no se atrevía a soltar quién creía ser ante los demás a pesar de sufrir y saber que era falso.

Esto que cuenta me resuena hoy y revela parte de los conflictos que no permiten que el cincel nos muestre esa otra luz. Ese otro modo de estar en el mundo.

Creo que, si la comprensión del cincel es realmente producto de una introspección, debería ir acompañada de un deseo de la voluntad que elige un destino bajo la forma de bien y no de obligación, de un deber ser exterior, pre-establecido.

Otro modo de acercarme a entender esa luz encerrada que revela el cincel, me lo brinda lo que dice Simón Weil en su libro “La Gravedad y la Gracia”.

 Cita un ejemplo que había visto y vivido en la Francia del año 40: «La gente que permanecía de pie, inmóvil, de una a ocho de la madrugada, por obtener un huevo, muy difícilmente lo hubiera hecho por salvar una vida humana». Le da vueltas y se estruja la cabeza: «¿Cómo transferir a los móviles elevados la energía reservada para los móviles bajos?». No es nada fácil, en general, y menos cuando le niegas esa posibilidad a la voluntad o a cualquier impulso que nazca en el interior del ser humano. Concluye pensando que ese impulso hay que buscarlo fuera, allí reside «la fuente de la energía moral, como ocurre con su energía física (alimento, respiración)», como una especie de «clorofila que permitiera alimentarse de luz».

¿Cómo unir el deseo de la voluntad a los bienes que puede mostrar la razón iluminada, cómo alcanzar esa clorofila que permita alimentarse de luz, como dice Simón Weil?

¿Cómo hacer que la forma que muestra el cincel transforme realmente nuestra percepción? Hay algo de esto que aparece en el antiguo Testamento cuando Dios promete “Hacer nuevas todas las cosas”. Lo nuevo está en la mirada transformada, no en el exterior. Pero ¿cómo hacer que el cincel nos muestre no sólo un concepto, una tarea, una obligación, sino una nueva percepción que abra un deseo de transformación?

Recuerdo también una escena del viaje de Odiseo, cuando tras haber sufrido naufragios, haber perdido a sus compañeros en el camino de regreso a su patria después de la guerra de Troya, llega a la isla de la diosa Calipso. Es un lugar paradisíaco, la diosa se enamora de él y le ofrece la inmortalidad. A pesar de todos estos bienes, todas las tardes Odiseo se asoma a la playa y se entristece porque extraña su patria, pero teme arrojarse nuevamente al mar para continuar el viaje, atemorizado por las experiencias vividas. Esta añoranza es algo que une una imagen clara de un recuerdo y un afecto que moviliza su voluntad hasta que lo lleva a tomar la decisión de afrontar los miedos y volver a lanzarse al mar. Sabe de los peligros, pero hay un bien que despierta el deseo de la voluntad a pesar de los peligros. Aúna inteligencia y voluntad como un único móvil.

Como reflexión final, creo que el trabajo del Mazo y el Cincel tiene que poder realizar un proceso que le permita a la voluntad actuar guiada por un bien que irrigue la acción con la fuerza de esa convicción. De lo contrario, esa luz es sustituida por mandatos cargados de culpas o miedos que oprimen y desvitalizan, terminando por constituirse en exactamente lo contrario que predican.

BILIOGRAFÍA

San Agustín, “Confesiones”, Libro Sexto, capítulo VI, p. 85, y Libro X, capítulo III, p. 154, Editorial Porrúa, S.A., Colección Sepan Cuántos, N° 142, México, 1995.

Herrera Michel, Iván, “Las Herramientas del Masón” Edición digital.

Homero, “Odisea”, Canto V, p. 120, Ed. Cátedra, Colección Letras Universales, Madrid, 2007.

Simone Weil, «La gravedad y la gracia», artículo de Pilar Gómez Rodríguez en https://www.nuevarevista.net/reparar-el-mundo-la-gravedad-y-la-gracia-de-simone-weil/

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